De la serie Correspondencias
Introducción
Una sentencia podría darnos razón suficiente del quehacer creativo de Pier Paolo Pasolini: autor “más moderno que cualquier otro moderno”, supera las agonías privadas y personales de las poéticas de inicio del siglo XX por medio de otra poética más compleja y comprometida: hacer de la pasión pública una agonía privada y de la pasión privada una agonía pública.
Esta sentencia, eficaz desde un punto de vista histórico, resulta sin embargo insuficiente a propósito del modo de esas pasiones. Es decir, respecto a “eso” que hace de la obra de Pasolini (poesía y prosa, cine y crítica) un “unicum” en el panorama cultural de nuestra contemporaneidad.
Es necesario, primero, dar por sentado el siguiente postulado: Pasolini es fundamentalmente un poeta y nunca abandonó la ambición de una poesía total, capaz de con-formarlo todo en sí misma. Sea suficiente aquí anotar la persistente tendencia pasoliniana a dilatar continuamente los límites del lenguaje –o de los lenguajes– en busca de esa lengua “extraña y extranjera” que es la lengua poética (decirlo todo, en suma, forzando siempre el no dicho de la palabra).
Se dirá, entonces y ya en vista de alguna esencia, que Pasolini es el poeta que da escándalo, que quiere dar escándalo. Pier Paolo Pasolini sabe que sin escándalo no hay poesía pues ella es hermana de la fe (de alguna fe) y así condición y trámite de la renuncia, de la apostasía, de la abjuración.
Como si fuese un modernísimo Pablo de Tarso escribe: Es necesario exponerse (¿esto enseña / el pobre Cristo crucificado?), / la claridad del corazón es digna / de cualquier burla, de cualquier pecado / de cada desnuda pasión… / (¿esto quiere decir la Cruz? / sacrificar cada día el don / renunciar cada día al perdón / asomarse ingenuos sobre el abismo).
Primero estuvo, así, Casarsa, pueblo donde nació su madre. Allí la orgullosa diversidad lingüística (las primeras composiciones poéticas de Pasolini fueron escritas en dialecto friulano, “idioma” del todo carente de tradición literaria) señalaba el escándalo erótico de la existencia y el escándalo de la materna premodernidad (y antimodernidad) de un mundo y de un tiempo regidos por los ritmos de las estaciones y de la liturgia.
Después, Roma, su patria de elección. La personalísima marginación del intelectual inmigrado y homosexual encontraba expresión en el oscuro escándalo, tenebroso y alegre, de la condición proletaria urbana. La desesperada / pasión de estar en el mundo.
Por último, la vocación cinematográfica. África y Palestina. India y Brasil. En busca de la luz de quien es aquello que no sabe. En las fotografías de esta época, Pasolini aparece vestido con ingenua elegancia (chaqueta clara de tres botones, camisa blanca, corbata delgada), como el pobre de una “humilde Italia” que, escandalosa y ferozmente, estaba desapareciendo.
Pasolini es, repito, el poeta que da escándalo, que quiere dar escándalo. Como si fuese un modernísimo Pablo de Tarso, grandiosa su contienda con el presente, escribe: si un poeta no produce miedo es mejor que abandone el mundo.
La presente selección de textos de Pier Paolo Pasolini pretende entonces dar razón de su poética estancia en el mundo, ese lugar que el poeta nunca llegó a abandonar. Ese lugar de donde fue expulsado con inusitada violencia.
Su lengua, vivísima y con respiración de animal grande, renovó siempre los modos y los motivos de su ferocidad.
En tal contexto, Las cenizas de Gramsci constituye un doble arribo. De un lado, el redescubrimiento de la ética como categoría poética; hacer, ya lo decíamos, de la pasión pública una agonía privada y de la pasión privada una agonía pública. Del otro, superar el oscuro escándalo / de la conciencia del intelectual burgués para ser como los pobres pobre. Se trata de recuperar para la poesía lo que siempre, hasta la modernidad, fue suyo: “una fuerza viviente idéntica a la del hambre”. De aquí la forma de Las cenizas: escrita en tercetos dantescos, renueva la terrible ambición poética de la Comedia. De aquí, también, su ocasión (Antonio Gramsci): hablar con los muertos, esos extraños contemporáneos nuestros, para, al fin, comprender. O, mejor, para al fin preguntar: así como yo poseo la historia, / ella me posee; ella me ilumina: / / pero, ¿para qué sirve la luz?
Pier Paolo Pasolini nació en Bologna, en 1922, donde, después de varias mudanzas debidas a la profesión de su padre, militar de carrera, terminó sus estudios secundarios y en 1945 se graduó en Letras con una tesis sobre Giovanni Pascoli. Durante la segunda guerra mundial se trasladó a Casarsa, pueblo natal de su madre, donde fundó un colegio para niños refugiados. Allí vivió hasta 1949, año en el cual, debido a un escándalo relacionado con su homosexualidad, se trasladó a Roma, en donde malvivió de pequeñas colaboraciones a periódicos y editoriales. En 1955 fundó, junto a Francesco Leonetti y Roberto Roversi, la revista Officina, célebre por su inédito carácter experimental, conquistando –gracias también al éxito de novelas como Ragazzi di vita y Una vita violenta- una notable fama, exacerbada después por sus trabajos cinematográficos (su primera película, Accatone, es de 1961). De aquí en adelante su vida se divide entre su trabajo como director de cine, columnista y escritor. Murió en Roma en 1975, asesinado en circunstancias aún no esclarecidas.
Alejandro Burgos Bernal
Bogotá, febrero 2009.
Gennariello: “Parágrafo segundo: cómo debes imaginarme” (fragmento)
Podría decirte tantas cosas que es necesario que tú, Gennariello, sepas de tu pedagogo.
No quiero hacer una lista de particularidades, que igual poco a poco irán saliendo obligadas por las circunstancias (de hecho, nuestro discurso pedagógico estará lleno de paréntesis y de divagaciones: cuando algo actual sea tan urgente y significativo que debamos interrumpir nuestro discurso, nosotros lo interrumpiremos).
Quisiera entonces escoger un solo punto: lo que la gente dice de mí, es decir aquello por medio de lo cual tú me has conocido hasta este momento (supuesto que tú sepas de mi existencia). Lo que tú sabes de mí se resume eufemísticamente en pocas palabras: un escritor-director de cine, muy “discutido y discutible”, un comunista “poco ortodoxo y que gana dinero con el cine”, un hombre “no muy recomendable, un poquito como D’Annunzio”.
No polemizaré con estas informaciones que tú has recibido, con conmovedor acuerdo, de parte de una señora fascista y de un joven radical, de un intelectual de izquierda y de un chulo.
Esta lista es un poco qualunquista (1) : lo se. Pero recuerda: no se debe temer nada; y sobre todo, no se deben temer ese tipo de calificativos negativos que pueden ser usados hasta el infinito.
De hecho, todos los italianos se pueden acusar unos a otros de “fascistas”, porque en todos los italianos hay algo de fascista (lo que, como veremos, se explica históricamente con la ausencia en Italia de la revolución liberal o burguesa); todos los italianos, por razones más obvias, se pueden acusar unos a otros de “católicos” o “clericales”. Todos los italianos, en fin, se pueden acusar unos a otros de qualunquistas. Y esto último ahora mismo tiene que ver con nosotros. Y no porque tú y yo hayamos roto lo que ya debería ser un pacto tácito entre personas civiles, consistente éste en no acusarse nunca unos a otros de “fascistas” o de “clericales” o de qualunquistas, sino porque soy yo mismo quien me acuso, aquí, de un cierto qualunquismo.
¿Qué es lo que yo veo (qualunquísticamente) que agrupa a “una señora fascista y un radical, un intelectual de izquierda y un chulo”? Es una terrible, invencible ansia de conformismo.
Sucede a menudo, en ésta nuestra sociedad, que un hombre (burgués, católico, tal vez con inclinaciones fascistas), dándose cuenta consciente o inconscientemente de esa ansia de conformismo, tome una decisión drástica y se vuelva un hombre progresista, revolucionario, comunista: sin embargo (muy a menudo) ¿con qué propósito? Con el propósito de poder vivir finalmente en paz su ansia de conformismo. Él no lo sabe, pero el hecho de pasarse con valentía hacia la parte de la razón (uso aquí la palabra razón contemporáneamente en sentido corriente y en sentido filosófico) le permite instalarse en las antiguas costumbres que él cree regeneradas, objetivadas. Siendo que éstas no son más, en verdad, que la antigua ansia de conformismo.
Durante estos últimos treinta años posfascistas, mas no antifascistas, esto ha sucedido siempre. Sin embargo, las cosas se pusieron aún más graves a partir de 1968. Porque, de un lado, el conformismo, por así decirlo, oficial, nacional, el del “sistema”, se volvió infinitamente más conformista desde el momento en que el poder se volvió un poder consumista, por lo tanto infinitamente más eficaz –en la imposición de su propia voluntad- que cualquier otro precedente poder en el mundo. La persuasión para seguir una concepción “hedonística” de la vida (y por lo tanto para ser buenos consumidores) ridiculiza cualquier precedente esfuerzo autoritario de persuasión: por ejemplo, el de seguir una concepción religiosa o moral de la vida.
Del otro lado, las grandes masas de obreros y las elites progresistas se quedaron aisladas en este nuevo mundo del poder: aislamiento que, si bien les ha preservado en una cierta claridad y limpieza mental y moral, también les ha hecho conservadoras. Es el destino de todas las “islas” (y de las “áreas marginales”). Así el conformismo de izquierda –que siempre ha existido- en estos últimos años se ha fosilizado.
Ahora bien, uno de los lugares comunes más típicos de los intelectuales de izquierda es la voluntad de profanar y (inventamos la palabra) desentimentalizar la vida. Esto se explica, en los viejos intelectuales progresistas, porque fueron educados en una sociedad clerical y fascista, que predicaba falsas sacralidades y falsos sentimientos. Y la reacción era entonces justa. Pero hoy el nuevo poder no impone más esa falsa sacralidad y esos falsos sentimientos. Es más, es este poder el primero, repito, en querer deshacerse de aquellos, con todas sus instituciones (por decir algo, el Ejército y la Iglesia). Por lo tanto, la polémica contra la sacralidad y contra los sentimientos, de parte de los intelectuales progresistas que siguen insistiendo sobre el viejo iluminismo como si éste mecánicamente hubiese pasado a las ciencias humanas, es inútil. O bien, es útil al poder. Por estas razones tienes que saber que en las enseñanzas que te daré, no hay la menor duda, yo te empujaré hacia todas las profanaciones posibles, hacia la falta de respeto por cada sentimiento instituido. Sin embargo, el fondo de mi enseñanza consistirá en convencerte de no temer la sacralidad y los sentimientos, de los cuales la laicidad consumista ha privado a los hombres, transformándolos en hórridos y estúpidos adoradores de fetiches.
(1) La palabra italiana “qualunquista” es intraducible al español (y así al inglés, existe un foro de traductores en internet al respecto). “Qualunquista” es una persona superficial, muy dada a los lugares comúnes, de poco o ningún interés político y, así, de un cierto inocente egoísmo. Una palabra española que recoge algunas de estas características y que podría ser asimilada a “qualunquista” es “chisgarabís”. “Qualunquista”, a diferencia de chisgarabís, puede ser también adjetivo y significa, obviamente, algo superficial, poco reflexionado…
-De Gennariello:“Paragrafo secondo: come devi immaginarmi”, en Pier Paolo Pasolini, Lettere luterane (Cartas luteránas), Einaudi, Torino 2005 (I ed. 1976).-
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