De la serie Oficina de correos
(Ya publicado en esta serie: De tigres y luciérnagas y también de la oscuridad y la crueldad - carta a Mario Opazo)
Amigos, compañeros en la resistencia contra la invasión de los barbaros:
En el Museo de Arte Moderno de Bogotá, se encuentra colgada una exposición del pintor peruano Fernando De Szyszlo Valderomar, quien se nutre de la mitología Inca, del movimiento de las aguas del río Lurín y de la geometría de los dibujos de Nazca, para ofrecer “otro” mundo lleno de sugerencias. El encuentro con esta obra es una verdadera revelación, desde las formas, color y luces que ofrece, hasta el descubrimiento del mundo espiritual de un pasado que el pintor advierte en peligro.
Es un encuentro conmovedor con una propuesta estética que parece ofrecer su gratitud a ese universo de la cultura peruana, y ¿porqué no? de latinoamericana, cuyo “sol negro” se convierte en la premonición del olvido y de la desaparición de los indígenas en América.
Conmueve también la reflexión que ofrece el pintor sobre las diversas miradas que el arte puede propiciar al hombre contemporáneo:
“Mucho de esto tiene el sonido del lenguaje esotérico del que siempre he desconfiado, pero con que palabras precisar que no podemos atrapar con las herramientas de nuestros lenguaje, y que sin embargo estamos todo el tiempo pendientes de que detrás del sentido lato de las palabras, de los espacios cerrados o abiertos tenemos permanentemente la sensación que esa significación inmediata no es todo el contenido y por debajo del significado directo de ese verso, de la emoción que nos despierta ese cuadro brota un significado “otro”, como si el arte provocara en nuestro interior resonancias y ecos que nunca fuimos conscientes de que estaban ahí”.
Esa reflexión sobre las lecturas posibles de una obra de arte, y las diversas formas de despertar la emoción ante el discurso estético, recoge también esa otra labor del arte: permitirle al ser humano reconocerse en el presente, invocar las huellas de la memoria para proyectar un futuro más equitativo, aún en las diferencias. De allí parece brotar una luz, a veces generosa, otras tímida, pero siempre esplendorosa, del fondo de sus cuadros.
Se puede insistir entonces, en esa invitación formulada por el mago, “proponer la vida como destino”.
Abrazos,
Manuel Santiago Burgos
P.D. Estamos viviendo ese estado que alguna vez el poeta y pintor Rómulo Bustos calificó como “La noche oscura del alma”.
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