De la serie Correspondencias
(Ya publicados en esta serie: Gennariello - Pier Paolo Pasolini y El libro de las celebraciones)
Por Roberto Burgos Cantor
El anuncio. Desde la noche de octubre de 1970 hasta hoy se han esfumado 37 años. En ese tiempo el mundo cambió la brújula de sus tensiones y su ilusión y se inició otro siglo que arrastra las catástrofes del anterior, se hunde sin miedo en los riesgos globales y desprecia las sobrevivencias del sueño de libertad y fraternidad.
La noche de ese octubre estaba despejada y el centro de cultura Colombo Soviético abarrotado. Habíamos llegado a escuchar una conferencia y nos quedamos junto a la puerta del salón por los seis meses de embarazo de Dora Bernal que pedían aire fresco con frecuencia.
Al salir avanzábamos por la calle 23 hacía la carrera décima cuando nos sorprendió, al lado y jugando a seguir nuestros pasos, Gustavo Cogollo. Tenía el aire imponente de un noble abisinio que combinaba bien con su picardía de contrabandista de la alta Guajira. Había tomado el hábito de dar las noticias con el mismo sigilo que se perdía en la cocina de su apartamento en los altos de la plaza de La Concordia para aparecer envuelto en el humo y los aromas de los platos de cocina marinera del barrio de su infancia en Santa Marta. Así apenas susurró: vengan, vengan, es urgente.
Nunca habíamos dudado de los llamados y recomendaciones de Cogollo. Ostentaba un conocimiento del lado práctico del mundo y de las virtudes y debilidades de las personas, envidiable. Parecía haber atravesado los callejones de la pobreza y la dificultad sin envilecerse y por el contrario supo extraer artilugios de embellecimiento y risa para domesticar las necesidades y las carencias. Sabía cuál era el fontanero recomendable, el carpintero, la tienda de las sillas de cuero, el pasaje de los colchones duros, el sastre de corte y puntada inigualables, el turco de los buenos paños, la farmacia de las venéreas, la pescadería de los ostiones frescos. Y nunca dejamos de admirar su mirada secreta de las mujeres. Creía que unas apreciaban la seducción con rosas y otras la agradecían con pichones de paloma al escabeche en salsa de tomate.
La última de las enamoradas de Gustavo Cogollo, en Bogotá, decidió dejarlo. Era una mujer blanca, venida de las llanuras ardientes del Tolima, espigada, de cabellos negros con hebra gruesa y una sonrisa sin esfuerzo, tan dulce que se metía en el sueño de quien la veía y quedaba intacta, como en vuelo, durante muchas noches. Para anunciar el abandono ella nos invitó a Santiago Aristizábal y a mí a un té. En la conversación apacible y con cierta nostalgia porque advirtió que no la veríamos más nunca, abrió su bolso de cuero y derramó sobre la mesa un montón de tarjetas pequeñas que al colmar la superficie se fueron deslizando al suelo. Santiago y yo no entendíamos nada y la mujer con resignada ironía y un poco de ternura aún, dijo: iban con las flores que me mandaba. Y al azar leyó algunas sin que le temblara la voz.
Quedamos desconcertados y con el desconsuelo de no haber alcanzado a convencer a Gustavo y a la muchacha de que estábamos dispuestos a compartir ese enamoramiento.
En la carrera 9ª con calle 17, de poca iluminación, Cogollo advirtió que un escritor argentino, recién llegado, quería hablar con escritores de acá. Por ese entonces Gustavo atendía uno de los pisos de la librería Buchholz en la avenida Jiménez. La librería era un territorio de privilegio. Cerca quedaba un molino sacado de alguna pintura holandesa. Enfrente un sótano húmedo vendía libros usados y libros robados en la aduana. En los alrededores buenos restaurantes abrían y en la plazoleta del claustro rosarista dos cafés ruidosos atendían hasta el anochecer. Y en todas partes el rumor del río encajonado que bajaba, subterráneo, por la avenida. Por la librería pasaban los foráneos y los residentes. Era inevitable. Allí se vio Gustavo Cogollo con el escritor argentino. Y estaba avisado porque una tarde, revisando un pedido, el gerente de editorial Losada en Colombia le avisó que había llegado, en persona, un autor de esa casa.
En el dintel. El centro viejo de Bogotá aún conservaba edificios finos y confortables de vivienda. A lo mejor levantados sobre los rescoldos de ceniza fría del 9 de abril de 1948. Gustavo nos encaminó a uno de ellos con su recepción de área generosa y su ascensor amplio de cobres brillantes y engranajes silenciosos.
Otra vez sentí el temblor que había atribuido a una timidez enconada. Esta vez surgía de una vergüenza que, concluidos los estudios en la universidad, acoquinaba mi destino. Reconocía que un escritor era algo más que la suma de ripios donde las intenciones y el malestar pesaban más que las realizaciones del texto.
Mi generación, o lo que así llaman, tuvo la fortuna y la intuición aplastante de que el mundo era una totalidad y de que no eran posibles rescates parciales. Ello nos formó ambiciosos y de una radicaleza que acosaba las búsquedas haciéndonos inconformes. Así estábamos en el abismo de la inmovilidad, los sufrimientos por la cercanía de la frustración, y el temor de la locura o el suicidio.
Entonces dudaba si era yo la persona con quien debía hablar el escritor argentino. Cogollo, hecho en los enfrentamientos del afán de cada día le había adelantado que Eligio García Márquez y yo conocíamos a Sábato y manteníamos una comunicación frecuente. Además, Gustavo, se burló otra vez de mis tribulaciones y dijo: habrás escrito poco pero has leído mucho. ¡Para adentro macho! Y me empujó, consciente de la sonrisa de Dora Bernal y su proa orgullosa que le decía: así es pero cuidado lo matas.
Antes que el ascensor se detuviera en el piso 4 le pregunté a Cogollo cómo se llamaba el escritor. Lo había olvidado y exprimiendo la vaguedad de su descuido me dijo: Viñas o algo así. Para mis adentros consideré: Y ahora nos resulta David Viñas.
Ante el fuego. Entramos y fuimos recibidos en el corto pasillo que conducía a la sala donde brincaban alegres con chisporroteos ruidosos las llamas en la chimenea. El hombre soltó una risa abierta, cordial y se presentó: José Viñals. La mujer que lo acompañaba lucía un precioso poncho sobre los hombros y agregó, con risa también: Martha Viñals. Se admiró del mascarón de proa de la Bernal y exclamó: Y tú por el mundo con esa barriga. ¿Cuánto tenés?
Acostumbrados a las decisiones inconsultas de Gustavo no protestamos cuando se despidió antes de que sirvieran el café. No habían transcurrido diez minutos. Y asumí que habíamos quedado a la deriva de nosotros mismos en una casa acabada de empezar a armar, con unas personas recién llegadas de quienes sabíamos tan poco o nada como ellas de nosotros. Para colmo yo detestaba los tangos.
Poco a poco las artes del reportaje, la preguntonería y la crónica fueron delimitando el espacio de un buen juego donde bola iba bola venía y se logró centrar el tema en la literatura después de rondar por el espacio imantado de la profecía política al cual éramos adictos, entre apocalipsis, lamentos y dogmas de esperanza.
En ese intenso y nada concesivo diálogo se fue poniendo al aire el núcleo de la dificultad creativa. Muchos entendíamos que el arte no cumple una función específica en la política, no admite servidumbres. Eso estaba claro y éramos unos críticos feroces de cualesquier ideologismo en la literatura. Había buenos ejemplos en la historia nuestra. Sin embargo, encontrar la forma se había vuelto un conflicto moral. Viñals me conminaba a mostrarle mis textos y yo conocía la ruta del reguero de publicaciones, cuentos, en periódicos y revistas, dos premios, iniciar con un cuento, de los primeros, la antología del cuento colombiano en alemán de Peter Schultze Kraft, estar como uno de los dos prospectos en la antología 15 cuentos colombianos de Gerardo Rivas Moreno, el otro era Umberto Valverde, y veinte cuartillas de un deseo de novela que se atascaba a cada momento y yo transcribía del papel periódico al papel azul o amarillo para combatir la esterilidad y engañarme.
Entre la temperatura agradable por la chimenea ―Martha se levantó varias veces a alimentarla hasta que advirtió que ponía los últimos troncos que quedaban―, el vino chileno, la cena con el arroz aguado y la carne espléndida que hacen los argentinos, y la generosa torreja de piña, hablamos sin reverencias de todo. Descubrí que podía hablar y discurrir sin piedras ni agresividad. Que preguntaba. Que podía responder con mis dudas y mis incertidumbres. Y una convicción escondida se abría su sentimiento: el arte en sí comparte la sustancia de la libertad y en tanto libre es transgresor y revela nuevos sentidos.
Antes de despedirnos me regaló su libro Entrevista con el pájaro, se retiró un momento y escribió la dedicatoria: Burgos: será un gran homenaje para mí que te acordés de esta noche en el momento de pulirte las uñas. José 16-10-70 en Bogotá.
En la calle fuimos a la carrera décima y todavía no pasaban los buses. El examen de los bolsillos no arrojó saldo a favor del taxi. Dora Bernal tenía su proa, yo un libro que abrí y le leí, al acaso, Palabra, voz, poema, pequeña casa contra los miedos de la noche, y lo otro que teníamos era un largo camino hasta las residencias universitarias en la Ciudad Blanca. Mientras íbamos calle 26 abajo, por la neblina empezaba a colarse una luz lechosa y naranja de amanecer demorado.
Los años. José Viñals vino a Bogotá a reorganizar unos almacenes de ropa y a dirigir una planta de cromados del hermano de Martha. A la semana del encuentro se mudaron al piso alto de un edificio en la esquina de la calle 18 con carrera séptima, enfrente de la Librería Francesa y del almacén de licores del padre de Patricia y Constanza Aguirre.
Allí le conocimos su ejercicio de arquitecto, que no ha dejado de practicar. Transforma cuanta casa habita. Tumba paredes. Habilita canceles. Improvisa vitrales en las ventanas. Dignifica las puertas. Prepara carpinteros con trucos de escenógrafo y mejora pintores con secretos de artista. Diseñó un lugar de estudio con los ventanales a los cerros orientales y estructuró un taller para el telar de Martha en el cual trabajaba con aprendices, unas jóvenes de Boyacá, y preparaba sus clases de la universidad de los Andes.
Sin darnos cuenta la casa de José Viñals se volvió nuestro hogar alterno. Más grande y poblado que el entrañable apartamento de estudiantes. Supongo que las conversaciones plenas de desmesura y alegría adelantaron el nacimiento de Javier Alejandro Burgos, quien fue parido a los siete meses de gestación. Un confortable y abrigado coche de recién nacido que le regalé con el importe de un premio literario recorrió muchas noches la ruta entre la universidad y el centro de Bogotá. Eran tiempos con temporales amenazantes pero en ninguna ocasión requisaron el coche las autoridades ni quedó suelto en las escalinatas mientras los cañones resonaban y la tropa con bayoneta calada avanzaba.
En su decisión de vivir el país a plenitud José se aficionó al ron Caldas y al café Sello Rojo. Lo servía siempre hasta que descubrió el aguardiente Platino y lo convirtió en el licor de su casa. Y así fue hasta que terminé los exámenes preparatorios del grado y con solidaria gracia me dijo que para celebrarlo debíamos cambiar y fuimos a la tienda, bien puesta, del señor Aguirre, y compramos una botella de whisky.
No recuerdo otra época de la vida en la cual se haya hablado tanto de poesía. Aloysius Bertrand, Cendrars, Éluard, Lautreamont, Vallejo, Mallarmé, Milosz, Ungaretti, Quevedo, Blake, Michaux, Char, Drummond de Andrade, Perse. Era tan enigmático el silencio del niño en el coche, que quedaba estacionado a un lado del estudio y parecía espiarnos, que José y Santiago Aristizábal lo bautizaron el condesito de Lautreamont.
Otra pasión de José es la pintura. Fueron largas las sesiones donde nos presentó a Berni, Cogorno, Pont-Vergés, los talismanes de Bonaverdi. Tenía por ese entonces unos afectos indeclinables que confiaba a los cercanos: La obra maestra desconocida de Balzac; los evangelios de los Kogui; El Decamerón negro de Leo Frobenius; La leyenda de San Julián el Hospitalario de Flaubert; y un cuento de Maupassant. Varios años después de su partida de Colombia había agregado a esa lista los cuentos de Guimarães Rosa.
José Viñals siempre estaba escribiendo. Cargaba unos cuadernos de tamaño mediano que se llenaban con su letra de buena línea, de dibujante, y que achicaba para que le cupieran más palabras. Para él la poesía empezaba a ser una actividad del espíritu que tenía un carácter permanente. Eso lograba transmitirlo, a veces con el énfasis verbal y de gestualidad que practican los argentinos para no dejar dudas de que son argentinos. Entonces entendí que el reordenamiento espacial de sus viviendas obedecía a la secreta astucia de poner la casa al servicio de su necesidad artística. En Bogotá tuvo ocasión de hacer otra vez de alarife cuando se mudó del centro para la calle 71 con carrera tercera. Sin contar que el diseño del primer apartamento que vivimos Dora Bernal, Alejandro, Lucía Vera y yo, fuera de la universidad, fue trabajo de José.
Aún estaba en Bogotá cuando salió su libro Coartada para Dios. Se lo trajo de Buenos Aires don Gonzalo Losada. Y también cuando le llegó la mala noticia de la quiebra de la editorial Losada, su editor.
A lo mejor las huellas de una amistad son imperceptibles. Después de la aventura están allí instantes que potencian un presente ya perdurable y activo. La noche de un 23 de julio que convidé a Arnulfo Julio a conocer a Viñals, al entrar al ascensor topamos con Manuel Vinent, un republicano español, educador y matemático, que intenta esconder un violín bajo la ruana. Nos hace cómplices: Viñals cumple años y Vinent lo quiere homenajear con una pieza de Bach. Al llegar saludamos con la inocencia de conspiradores y alguien va al control eléctrico y corta la energía. Vinent, que se había quedado oculto en la escalera de emergencia, entra furtivo y en la oscuridad empieza el adagio de una sonata.
Después de casi tres años Viñals y su familia dejaron a Bogotá. No fueron suficientes las bolitas de polvo de azufre que una bruja de la Guajira le recomendó poner en sus zapatos para tener siempre los caminos despejados.
En los 34 años restantes ha escrito una obra poética compleja, de una hondura poco común que a veces parece iluminada por la demencia. Algunos libros de narrativa. Lo he vuelto a tratar en Buenos Aires, en Bogotá, en Madrid, en Viena, en Salamanca y siempre está intacta la exaltada emoción del diálogo, su insobornable condición de subversor.
En Viena, después que Viñals, con rigor de cristiano viejo, renovó el bautizo del menor de mis hijos, Pablo Nicolás, en Franziskanerkirche, nos fuimos a celebrar. Los vieneses bailaban valses en la nieve de diciembre, sobre la irregular Passauerplatz, y nosotros tirábamos copas y poníamos la voz ronca y estragada de Alejandro Durán en medio de Strauss.
Ahora, en España, sigue escribiendo, bebe brandy Torres, discute hasta la saciedad con Riechmann, Mestre, Beltrán, recibe premios, y nunca deja de preguntar por la poesía de Juan Manuel Roca y de Santiago Mutis.