De la serie Oficina de correos
por Hernán Darío Correa
El debate electoral se lleva a cabo en un escenario cuyas bambalinas esconden muy poco, o mucho, según como se lo mire: Muy poco, si se está en la platea, de frente y al mismo nivel de la representación, en tanto se trata de una tragicomedia en la cual todos se disputan la máscara de la seguridad, como el rostro único que daría legitimidad ante el electorado para poder estar en la Casa de Nariño; pero mucho, si la mirada viene de más arriba, desde la galería, donde se alcanzan a ver las tramoyas y las oscuridades de la tras-escena, y hasta las callejuelas donde desembocan las salidas del teatro y se mezclan las sombras de la tragedia nacional con las de los rostros maquillados de quienes se recrean y se lucran con ella, y las de quienes se han quedado afuera…
Hace ya muchos años el poeta Paz (hoy su nombre resulta en sí mismo una alegoría), escribió unos versos que podrían expresar el drama de los actores, los cuales cito de memoria: “Se inventó una cara. / Detrás de ella vivió, murió y resucitó muchas veces. / Su cara, / hoy tiene / las arrugas / de esa cara./ Sus arrugas / no tienen cara.”
¿En qué otra cosa sino en máscaras de papel maché, y por supuesto en la sospecha de que detrás de ellas debe haber rostros cuyas arrugas ya no encuentran lugar salvo el del alma extraviada, hacen pensar los precarios y cambiantes juegos de colores de las corbatas y las camisas, las frases de cajón y hasta las flores que giran en el baile electoral, sobre el trasfondo de un país a la deriva donde se muerden la cola una y otra vez la violencia y el despojo mientras se desbordan las aguas oscuras de una profunda crisis humanitaria cargada de pobreza, hambre, desempleo, exilio forzado, desaparecidos y desplazados, y los bancos y los ricos se ufanan de no haber sido tocados por la crisis universal de los negocios, y despliegan sin pudor cifras de enriquecimiento y acumulación privada con los recursos de la salud, las vías, el agua, los alimentos, el suelo y la tierra? ¿Y mientras los políticos y los negociantes, convertidos en sinónimos exhiben sus diplomas de hombres de éxito, son consagrados desde el palacio de gobierno como tales, negocian desde las cárceles, en recintos parlamentarios explícitamente espurios, en ciudades y campos anegados, o en las cortes del imperio, y hacen arreglos judiciales para los cuales importan más las cifras del narcotráfico que las de las víctimas de una violencia cuyas cifras se cuentan ya de forma millonaria, en vidas, en hectáreas robadas y en fortunas acumuladas?
La pregunta entonces se refiere a qué momento y cómo se configuró este tremendo teatro… Una profunda separación entre lo técnico y lo político promovida e impuesta durante años por quienes manejan los hilos internacionales del poder; el divorcio entre la planeación urbana y la rural, donde el campo se convierte en territorio a conquistar y vaciar para dar paso a negocios extractivos y exportadores, y las ciudades quedan huérfanas de sus entornos naturales; profundas carencias en la participación social dentro de la planeación pública; y una escisión en las agendas políticas entre los temas de la gobernabilidad y los problemas de la organización del territorio y de la sociedad, han ido desterrando el conflicto social del imaginario de dicha planeación, y mucho más de los referentes programáticos de aquellas.
Todo eso, junto con los procesos de alta concentración de la propiedad y la riqueza, y las violentas formas de exclusión social, han ido produciendo lo que podríamos llamar el envilecimiento de la política nacional de los últimos años, y el deliberado escamoteo en las políticas nacionales de los temas básicos de lo público como la vida, el agua, la comida, el medio ambiente, el trabajo, los acuerdos humanitarios, la verdad, la justicia, la reparación a las víctimas, el retorno de los desplazados forzosos, etc.
Al respecto se dice que la guerra no deja avanzar a la política, pero también es al contrario: la política degradada no deja resolver la guerra, ni mucho menos resolver los conflictos sociales que están en su base. El país ha vivido durante casi dos décadas la llamada para-política, y una forma neoliberal de legislar al servicio de los hechos cumplidos mediante la expedición de leyes y decretos espurios que favorecen durante su precaria vigencia actos perversos como la violenta concentración de la propiedad de la tierra. Por ello resulta vana la apelación a la ley como principio de solución, si no se revisa todo el tinglado de la producción legislativa, también cargada de máscaras macabras.
Junto con ello, la estigmatización de la protesta social, los movimientos sociales, las ongs y sectores independientes de opinión; y la cooptación de sectores mayoritarios del Congreso y de las Cortes, han generado reiteradas crisis políticas que eluden o niegan lo que podría constituirse en un principio de relegitimación del régimen político nacional: las mediaciones u organizaciones de la sociedad civil popular, en su mayor parte deshechas por la guerra sucia, que ahora resisten a la cooptación electoral basada en una extrema formalización financiera y de mercado de las acciones colectivas, asociada a las campañas, la publicidad y las encuestas. Una vez más, la cosmética de las máscaras…
Esto ha producido una paradójica separación entre las agendas públicas y las propias de los grupos sociales, consideradas como privadas y no como expresiones del conflicto social, territorial y ambiental que está en la base del ejercicio del poder, y de las lógicas de desarrollo dominante.
A ello se suma el desprecio por la gente, el sumun de la tradición de la exclusión social, apoyada en una idea generalizada de que el pueblo debe ser redimido o salvado por la autoridad; la supuesta impotencia popular se constituye en el factor subjetivo del clientelismo, cuando toma la forma de auto-desvalorización comunitaria y vecinal, mientras actores externos a los procesos sociales no los validen para poder proyectarse hacia lo público estatal… El asistencialismo como norte de la acción política: la mayoría luchando por ser incluidos en el Sisben, mientras el cura o el político (otros sinónimos?) inauguran o nombran y dan principio de realidad a lo que hemos hecho con nuestras propias manos; hasta llegar a las figuras del candidato y de los candidotes.
Así se hace mundo la escena electoral: nos transforma en público pasivo, a lo sumo decidiendo por el mal menor; captura nuestra mirada, mientras tras bambalinas se acumulan los datos como escombros: En Colombia el 1.4% de los propietarios rurales, 48 mil personas, son dueños del 65.4% de la superficie agraria en 29 mil predios donde sólo se usa la tercera parte de las 14’ millones de hectáreas aptas para la agricultura, mientras que los hatos ganaderos alcanzan 38 millones de hectáreas, el doble de las tierras aptas para ello. Es el resultado del despojo y de la expulsión de sus territorios de alrededor de un millón de familias campesinas, indígenas y afro-colombianas, a las cuales se arrebataron más de 5.5 millones de hectáreas en los últimos años. Se trata de los restos de un gigantesco conflicto actual entre diversidad y uniformidad; bosques y plantaciones; alimentos y combustibles; justicia e impunidad; vida y muerte; cuyo destino anida en las enramadas campesinas y en la solidaridad de los ciudadanos avergonzados por el silencio; y se define en la derrota del afán de la ganancia por encima de todo; en el respeto del agua como bien público y común; el acceso a la tierra por parte de los campesinos; y el ejercicio de la soberanía alimentaria. Y por supuesto, en el ejercicio de la soberanía popular para llevar hasta las agendas públicas las agendas sociales más elementales… Pero de eso no se habla en la representación…
Así, ¿No habrá que aplaudir y validar -llámese votar, si se quiere-, por quienes no sólo no han puesto todos sus artilugios sobre la escena, sino que alcanzan a nombrar o al menos a señalar lo que los telones no pueden tapar del todo? Porque siempre detrás permanecen las señales y el principio de ruptura de quienes no alcanzan a entrar a la función, pero no se la pierden, como aquel niño habanero que vio cine durante toda su infancia, al revés, detrás del telón, hasta acabar enseñándonos a todos el sentido de ese “oficio del siglo XX”.
En este debate electoral, entre el público, nosotros, y seguramente entre quienes permanecen afuera o apenas llegan a la función, hay una búsqueda de cambio; y aún en la fiesta fácil, hay una protesta: Es evidente que nos cansamos del patetismo, y del chantaje afectivo, de la venganza y de la farsa; y por supuesto de la violencia, la injusticia y la impunidad; y si bien quizá no podamos todavía salirnos del teatro, o reinventarlo para rehacer los términos mismos de la obra, al menos nos hemos empezado a sentir incómodos, y quizás avergonzados. Y entonces se crece la tras-escena, y mientras acaba de colmar el escenario, podremos al menos escoger el actor o los actores más cercanos a ese sentimiento, pues en todo caso, “la nación que se avergüenza, es león que se agazapa para saltar”…

