lunes, 9 de noviembre de 2009

El libro de las celebraciones

De la serie Correspondencias 


(Ya publicados en esta serie: Gennariello - Pier Paolo Pasolini)



Presentación

 

       Por Arnulfo Julio

 

 

Mediante el testimonio más noble y fidedigno que pueda imaginarse, ese testimonio que está respaldado por la cercanía espiritual que sólo propicia la amistad o la admiración afectuosa por la obra y su autor, este segundo volumen de El Libro de las Celebraciones, como el primero, celebra en acto de memoria viva, vivificante y agradecida, la existencia de quienes empeñaron o siguen empeñando su vida en una obra. Obra que, por cierto, es también testimonio incontrastable de la existencia de un país con una tradición natural y cultural auspiciosa de proyectos de vida.

Esta tradición nos es contada aquí mediante el rito conmemorativo de la palabra escrita cuya veracidad y autenticidad provienen de la cercanía vital con lo celebrado, con lo cual la celebración, registrada en blanco y negro, resulta ser un contundente mentís contra la pobre fabulación de la pobreza de nuestra tradición.

Es que El Libro de las Celebraciones es memoria viva que nos recupera o descubre la fisonomía y, en ocasiones afortunadas, aspectos de la intimidad creativa de los protagonistas del discurrir artístico, literario y científico de Colombia en las dos o tres últimas generaciones, las que no obstante su proximidad en el tiempo, ya comienzan a ser olvidadas. Memoria viva en tanto ese discurrir nos es contado de viva voz por quienes tuvieron o tienen la fortuna de estar cerca de quienes lo han protagonizado. Cerca de aquellos que nos han proporcionado las herramientas conceptuales, estilísticas y nos han ampliado los horizontes de una sensibilidad que nos ha permitido adentrarnos en la esencia misma de nuestro ser histórico y cultural. A quienes debemos por eso, inevitable gratitud.

Por ello nada más acertado que haber titulado este libro como El Libro de las Celebraciones. ¨¿ Acaso hay otra cosa más digna de celebrar que la existencia de los que queremos, sobre todo cuando aquellos que queremos son quienes han construido esa parte del legado cultural que nos es más cercana en el tiempo? Legado que por esta razón se torna en el más inmediato y, por tanto, insoslayable referente de nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento. Legado que habida cuenta de su carácter fundacional en muchos campos, es parte notable de nuestra identidad cultural, la que se nos ha venido escamoteando a lo largo de nuestra formal existencia institucional.

Entonces son las celebraciones aquí registradas un testimonio generoso y agradecido con un pasado reciente y un presente de realizaciones del pensamiento y las artes, pasado y presente de los cuales los celebrantes hacen parte ya como receptores ya como actores. Razón por la cual puede decirse que cualidad principal del libro que hoy celebramos es la de ser una fuente para la formación de una conciencia histórica tan desleída en estos tiempos del hedonista Carpe Diem, indolente con nuestro pasado de creación y conocimiento y, por ello, sin vocación de futuro por construir.

Al darnos testimonio de esas obras y de esas existencias, quienes generosamente nos ofrecen sus recuerdos, más allá del vanidoso “yo lo conocí” y del presumido “yo estuve con él”, nos abren una dimensión de nuestra historia cultural reciente, la de los años en que la esperanza era principio fundamental de la existencia. Esperanza de futuro que se alimentaba precisamente de la confianza en nuestro propio ser como punto de partida de transformaciones auténticamente creadoras. Confianza alentada por las revelaciones que de nuestra condición esencial nos proporcionaban, como nos siguen proporcionando, una poética, una narrativa, unas artes y un pensamiento que penetraba y penetra lúcidamente en las entrañas mismas de esa condición.

Por eso mismo, pienso que hay que celebrar a los celebrantes y agradecerles que hayan sido capaces de practicar esa insólita virtud en nuestro país de agradecer lo recibido. Comenzando, claro está por los gestores de esta gesta editorial: Juan Manuel Roca, Santiago Mutis y Jineth Ardila y de sus compañeros en la Asociación Lengua Franca. Gesta que comienza por haber promovido esa práctica, injustamente  inobservada. En la gratitud aquí ejercida hay algo trascendental  que no puede pasar inadvertido y ello es que tan generoso ejercicio  comporta la recuperación, para nuestra frágil memoria histórica, de buena parte de lo mejor que hemos tenido de vidas valiosas.

Esa trascendencia tiene, en estos tiempos del inmediatismo y la actualidad de periódico, un sentido muy especial: que lo que hay o hubo en esas vidas necesitamos saberlo para salvaguardarlo y, así poder sobrevivir en el mundo sin sentidos que nos viene asfixiando. ¿Qué otra cosa puede pensarse si no reconocemos a quienes con su obra nos abrieron los caminos de la comprensión de nuestra propia identidad? Es que en la negación a reconocer esa obra y esas existencias ya está el origen de esa noción autodestructiva del país “del nunca jamás”, el de la fementida tradición de la pobreza. El de cierta intelectualidad descreída y desencantada. Razón tiene por ello Ricardo Rodríguez Morales cuando en su crónica sobre Don Ernesto Volkening, que en este libro aparece, retoma como epígrafe esta frase de evidente sentido admonitorio: “Queda el recuerdo, no lo destruyáis.” 

Las Celebraciones son hitos contra el olvido, esa forma pasiva de destruir la memoria, construidos un poco a la manera utilizada por el “Padre de la Nueva Historia”, Jaime Jaramillo Uribe, uno de los aquí celebrados, para construir esa bella y solidaria idea de comunidad intelectual de la cual tenía un “claro sentido”, al decir de su celebrante, la historiadora Margarita Garrido. Un aspecto central de esa comunidad, nos dice Margarita, “era la importancia de las redes, de los modelos, de lo que hoy se llama las genealogías intelectuales”, redes tejidas por el vínculo de la amistad. Anudar amistades como tejer una red que se extienda por el mundo del espíritu y genere ambientes y condiciones, que nos permita construir esa comunidad, sólo que abierta, mucho más abierta que la académica; que nos permita compartir los referentes comunes en la vida y en la cultura. 

La proximidad de los celebrantes a la obra y a su autor les ha permitido conocer las intimidades de los procesos creativos y constructivos de esa obra, por lo cual en varios de los escritos tenemos la oportunidad de encontrarnos con la descripción de aspectos relevantes de tales procesos. Entonces este libro es también maravilloso repertorio de revelaciones, pues muchas veces sin proponérselo los celebrantes dan cuenta de ese proceso en frases que iluminan el camino recorrido para llegar a la culminación de la obra. Y, así, en medio de la anécdota, el recuerdo, la remembranza de las felices circunstancias del encuentro se nos dice, sin la rigidez de la biografía intelectual, el cómo y el cuándo se abrieron los nuevos caminos de la creación artística y literaria, de la historiografía, del pensamiento y de las ciencias de la naturaleza en Colombia.

Encontramos, por ejemplo, en el primero de los escritos celebrantes, cómo Santiago Aristizabal, poeta oculto, al hablarnos del antropólogo polaco-ruso Juan Friede, quien vivió y realizó su obra entre nosotros en la primera y parte de la segunda mitad del siglo pasado, nos cuenta cómo su esfuerzo investigativo, dirigido al conocimiento de los pueblos indígenas de Colombia, se centra en “profundizar en un determinado núcleo conceptual, objeto de su estudio, para identificar sus particularidades históricas, derivar las leyes de su proceso y luego relacionarlas con un movimiento más amplio y general”, lo cual le permitió a este abnegado investigador hacer valiosos aportes a la antropología, la economía y la historia de nuestro país, (ampliando) “la frontera de la mirada sobre los pueblos indígenas” de Colombia, cuya historia y la de su exterminio es uno de los primeros en construir.

De igual manera, esta vez en el campo de la filosofía, el pensador e historiador del pensamiento colombiano Rubén Sierra nos cuenta con la propiedad que da la cercanía al maestro y amigo, las intimidades del curso que va tomando a lo largo de su carrera el discurrir filosófico de ese otro gran pensador de Colombia, Danilo Cruz Vélez. Rubén Sierra da cuenta de la obsesión que acompañó durante toda su vida de escritor a Danilo Cruz: “la búsqueda de un lenguaje” limpio de lugares comunes y de “extravagancias sintácticas como llegó a ser común en la época”. Y, también de cómo este “promotor de nuevas corrientes de pensamiento… trasvasó al español un pensamiento para el cual todavía no se habían acuñado con propiedad en nuestro idioma los términos para conceptos forjados en otras lenguas”

Así mismo, el matemático colombiano Fernando Zalamea nos cuenta, con amistosa deferencia, de Marta Traba, su madre, cómo se genera esa capacidad crítica de la escritora argentina que tanto incidió en el quehacer pictórico de Colombia, cuando nos dice que “El enlace de intuición, trabajo de recopilación (información) y trabajo de invención”, explica la riqueza de la obra de esta maestra de la crítica de arte. Y otro tanto sucede, en el campo del ensayo tan proclive en nuestro medio académico a devenir en tratado denso y pesado, cortándole con ello las alas de libertad que planean sobre toda la obra del fundador del género, Don Miguel de Montaigne. En este caso es el arquitecto Germán Téllez quien nos cuenta de su padre Hernando Téllez que, a pesar de la reticencia del ensayista a explicar el origen de su vocación y desenvoltura literarias, algún día escribió: “el estilo es un oficio y un milagro, una iluminación y una pericia.”

No quiero cerrar este aparte que alude, de manera deficiente por cierto, a las revelaciones que los celebrantes hacen acerca del proceso de la obra de sus celebrados, en virtud de la proximidad de aquellos a éstos, sin mencionar las enseñanzas del sabio holandés Thomas van der Hammen, quien hace parte de nuestra historia científica desde ya no menos de cinco décadas, y que nos son transmitidas por su discípulo y amigo el antropólogo colombiano Gerardo Ardila. Enseñanzas en las que van der Hammen, nos revela a su vez el carácter artificial y superficial de la oposición entre los procesos que llevan al descubrimiento científico y los que conducen a la creación de la obra de arte. Para este científico de la naturaleza las relaciones entre ciencia y arte están signadas por la armonía, pues como bien nos lo indica el antropólogo Gerardo Ardila, al recoger sus palabras, para él la ciencia y el arte están hechos de la misma materia prima y la combinación de la ciencia y la mística es la combinación adecuada para develar el mundo oculto en la naturaleza. De ahí el título del texto, seguramente insólito para el positivismo en boga, con que el antropólogo colombiano celebra al sabio amigo: “ciencia, mística y belleza”.

Hay otro aspecto del carácter revelador que ostenta este libro de celebraciones y que le da cabal realización a esa idea que del libro tienen sus editores como un “proyecto gozoso”, idea de la cual nos habla Jineth Ardila en su Prólogo al primer volumen. Se trata de que este libro ofrece al lector la posibilidad de enterarse y disfrutar de las buenas noticias acerca de la grandeza humana que se filtran entre los recuerdos narrados, sobre todo cuando esa grandeza se da de manera concomitante con una obra igualmente grande. Cuando la eminencia de la obra coincide con la eminencia humana del autor. Pero, también ese disfrute se nos brinda cuando allí se nos habla de personajes que, si bien no han producido una obra descollante, fueron seres humanos de una existencia singular portadora de sabiduría, conocimiento y excepcional sensibilidad, con quienes el encuentro se convierte, como en el caso del autor de la obra consagrada , en una fiesta del alma.

Por eso encuentro como memorable en  este precioso libro el que allí se nos dé la buena noticia de la sobrevivencia de ese bien cultural que es la conversación, cuya trascendencia en el mundo de la cultura consiste en que ella lo vivifica. De manera que el Libro de las Celebraciones es también un amable transmisor de nuestra cultura como vivencia. Libro que realiza felizmente la inextricable asociación entre vida y cultura. La cultura aquí ya no es más un acto de simulación con el que ciertas élites adornaban sus ratos de ocio y esparcimiento. Tampoco, el entretenimiento que se nos vende como una cura manipuladora en la sociedad rutinaria del hastío. Es la vida misma con sus conflictos y desgarramientos y también sus plenitudes de realizaciones y hallazgos.

Esa buena noticia nos la dan, en el libro que hoy nos reune, de manera sencilla y cálida, quienes allí ofician de celebrantes, al ponernos al tanto de conversaciones y encuentros sostenidos con quienes por su labor de vida lograron llegar a ese lugar excepcional de la creación, el descubrimiento, y el conocimiento. De esa manera los oficiantes de la celebración al contarnos esa parte memorable de su existencia configuran una doble historia: la del celebrante y la del celebrado, pues el proceso de comprensión del personaje y de su obra constituye, sin duda, otra historia que  nos es aquí narrada. 

Antes de terminar, quiero hacer una breve una anotación acerca de la inmigración y la cultura cuyo feliz suceso es aquí igualmente celebrado y con lo cual El Libro de las Celebraciones pone en cuestión uno de los estereotipos más consolidados de nuestras historia cultural, cual es el de que uno de los factores de nuestro pobre desarrollo cultural encuentra en la menguada inmigración europea una de sus explicaciones. Otro cliché en el marco de las autoflagelaciones, por no decir de la autofagia que nos caracteriza en esta materia, con el cual se desconoce la presencia arraigada en suelo colombiano de una selecta inmigración que ya en la literatura, ya en las artes o en la investigación y el conocimiento de aspectos esenciales de nuestra existencia, adelantaron una labor cultural encomiable.

Las Celebraciones, como libro de atinada gratitud que es, no son ajenas a ese suceso, pues en ellas se registra una tradición, que comenzó a construirse desde los años treinta del siglo pasado y que, de no producirse actos de memoria agradecida y fecundante como éste, puede quedar sepultada en los sitios menos frecuentados de las bibliotecas y museos. Así, con la lectura de las Celebraciones nos enteramos que el polaco Casimiro Eiger y el alemán Juan Friede abrieron las primeras galerías de arte moderno y contemporáneo en la capital de Colombia. De cómo y por quiénes se ejerció la crítica de arte con la fortaleza conceptual y la profunda sensibilidad que su objeto reclama. De la apertura de grandes librerías en donde no sólo aparecía Europa en sus escritores, músicos y pintores, sino también la obra poética y narrativa de nuestra tan cerca y tan lejana América latina, en los prodigiosos sesenta cuando esta obra irrumpió en el mundo de la cultura.

Allí, en Las Celebraciones 2 se agasaja también con entusiasmo y buenas razones al pintor alemán Guillermo Wiedemann, al excelso ensayista Ernesto Volkening. Además de los otros grandes maestros que aquí ya hemos mencionado. Así, como en las celebraciones 1 se le rinde merecido homenaje a otros sabios de la Europa inmigrante como Gerardo Reichel Dolmatoff. Todos ellos dejaron honda huella en la cultura de nuestro país y como bien lo señala Gerardo Ardila de Thomas van der Hammen “ellos (también) son parte de la historia de Colombia”.

Por eso termino diciendo que lo que veo principalmente en el “Libro de las Celebraciones” es un acto de amistad con los habitantes de mundo de la cultura, acto mediante el cual se despliega generosamente, tanto por sus editores como por sus celebrantes, la gratitud por un legado: el legado inmaterial de los bienes del espíritu que se nos ha querido escamotear precisamente por la ingrata labor del desconocimiento y el silencio. 

Leída con motivo de la presentación de El Libro de las Celebraciones , Volumen II, en la Librería de El Magisterio, en Bogotá, el día 2 de octubre de 2009.

 

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